Es un hecho indiscutible: todos necesitamos una Clarisse McClellan que nos desafíe, que nos recuerde por qué estamos vivos.
Actualmente no abundan esas Clarisses que, como la de Fahrenheit 451, se preocupan por sacar a sus conocidos de la zona de confort. Durante la primera parte del libro vemos a este personaje formular preguntas hilarantes, incitar a la charla, contagiar de dinamismo a los que la escuchan. Clarisse fue la principal responsable de que Guy Montag empezara a leer.
Quienes me conocen, saben que pueden contar en mis redes sociales con fragmentos, frases literarias, reseñas de libros; siempre buscando contagiar al resto por el gusto a la lectura o, cuando más, provocar el interés por un buen libro.
El arte de recomendar libros ha evolucionado a lo largo del tiempo. Lo que antes se anunciaba de boca en boca, sentados frente al cómodo fuego de la chimenea, hoy se globaliza en plataformas virtuales y a niveles nunca imaginados
Ya no se requiere hablar explícitamente de determinada lectura; si se es sensible al otro, basta con sazonar las charlas con una idea o sugerencia. Si bien es cierto que no todo el mundo querrá leer, eso no significa que nuestras palabras calen al vacío.
Ser una Clarisse implica mucho más que hablar de libros; requiere vivirlos. Es necesario ser transformados por lo que leemos para cambiar a otros. La persona que entiende esto no solo es más interesante, también guarda muchas vidas dentro como si el universo se condensara en un cuerpo. Vive a la potencia y la gente busca esto.
¿No me hará ver como alguien pedante frente a los demás? Para nada. El protagonista de Fahrenheit fue conducido a la lectura gracias a la humildad de McClellan, quien mezclaba experiencias de vida con preguntas sagaces. Ella jamás anunció explícitamente que leía, su forma de ser lo daba a entender.
Ahí está el secreto: ser lectores sin decir que lo somos. Buscar con nuestras palabras encender la chispa interior de los demás. Mostrar que somos mejores personas no porque leemos, sino porque los libros nos cambian.
No se debe hablar de literatura para impresionar. No podemos ser como el antagonista de la novela: Beatty el jefe de bomberos; un personaje de ego aplastante. Volviendo a nuestra joven chica, debemos hablar de letras para sugerir soluciones, descanso, hambre por explorar.
Como Montag, yo también fui seducido por las preguntas de esta chica. Aún la escucho formular la misma pregunta que me llevó a sumergirme en su historia: “¿Es usted feliz?” No garantizo haber hallado la respuesta, pero sí afirmar que funciona: el ser lector y vivir como tal puede hacer la diferencia en alguien.
Igual que esa niña ha hecho una diferencia en mi vida y en la de otros, así buscaré hacer yo con otros. Reafirmo una vez más lo dicho al principio: todos necesitamos a una Clarisse en nuestra vida. De no tener el privilegio de contar con una tratemos, a lo más, ser alguien así para los demás.

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